25.10.06

Anti-Ludens

Uno recibe un cheque. Con el cheque vá al banco, que tiene unas fotos de usuarios felices y unas amables señoritas le entregan una tarjeta y unas instrucciones. Después cruza la calle por la cebra y encuentra un cajero automático para, con la tarjeta que acaba de recibir, poder sacar los billetes. Uno saca los billetes por si acaso, para no andar por ahí sin plata.

Uno puede trabajar en un supermercado, en el hospital atendiendo enfermos, como bombero luciendo su valentía cada vez que surge una emergencia, de periodista en El Tiempo o en Caracol Radio. O puede ser obrero de una fábrica de coca-cola, de kellogs, puede ser investigador privado, veterinario o peluquera. Y cada vez que trabaja, recibe dinero.

Si quiere manejar debe sacar un permiso para conducir. También hay entretenimiento, como el teatro, o el safari para ver animales salvajes, de plástico. Y debe pagar por estos servicios. También hay una tienda donde se pueden adquirir cosas si se tiene suficiente dinero. Si no le alcanza, ya sabe: debe trabajar en algo.

Es un parque de diversiones. Los niños juegan a ser grandes mientras los adultos esperan en un café internet o en una sala con tv clable. Se llama Divercity y es un modelo a escala de Bogotá, pero sin los cerros, ni los perros callejeros, ni la luz, y en cambio suena el reggetón de fondo, de manera permanente y a un volúmen suficientemente irritante, y unos reflectores cambiantes iluminan una fuente rodeada de árboles de fibra de vidrio.

Tratándose de un parque de diversiones que está dentro de un centro comercial no es de extrañarse que sea una escuela de entrenamiento para consumidores, donde les enseñan a los niños el sistema de intercambio de trabajo por dinero y de dinero por otras cosas. No hay espacio para la imaginación, la improvisación, las sorpresas, la exploración, las ideas, la naturaleza, y muchísimo menos para el juego. Es un lugar serio, lleno de reglas, leyes, servicios, obligaciones y rígidos parámetros.

Nos dejó bastante hastiados esa visita y a mi sobrina un poco nerviosa por el ruido y la profusión de instrucciones (a los 5 años se tiene la suerte de no saber mucho aún de la vida en sociedad). Y quedé con la sensación de que es un lugar muy extraño, el mundo de los adultos.

17.10.06

Vértigo

Las fotografías de bibliotecas de Candida Höfer
me hacen pensar en alguien con mucha sed en medio del mar... o en el cliché de que la vida es muy corta para leer todo lo que uno quisiera. Sin embargo, llevo 8 años tratando de terminar el Ulises de Joyce y he releído muchos libros por tener ganas de leer algo y no poder comprar uno nuevo, así que mi reflexión llega al ámbito de las emociones, como siempre, y termino pensando que de pronto, parafraseando a Gabriel García, (si no pone uno el Márquez no queda muy Gabo, no?), uno nace con los libros contados.