16.7.07

Por la boca muere el pez

Era domingo y estábamos de pic-nic en el Parque Nacional. Era un paseo de olla sin olla, y cada cual había preparado algo de comer. Estábamos felices sentados hablando de nada. Y de pronto surgió un visitante. Era un señor de unos 40 años, flaco, de piel morena y ojos grises o azules como su traje gastado. No quiero olvidar su cara, por si me lo vuelvo a encontrar.

Inició su discurso advirtiendo que no quería plata, pero habríamos preferido que la hubiera pedido directamente, porque no paraba de hablar y era pésimo orador. Ofrecía contarnos un cuento de esos de antaño que se están perdiendo, y mientras en nuestras caras se desdibujaba el entusiasmo por estar a la intemperie y se hacía cada vez más espeso el silencio, más hablaba él, hasta que alguien dijo mire señor, no estamos interesados, gracias, materializando en palabras el rechazo que fabricaban nuestras caras que se negaban a mirarlo. Su reacción, como era de temerse, no fue buena. Altivamente, insistió que no quería plata. Sin pensarlo, le ofrecí una mandarina. Y al parecer la ofensa fué mayor, porque mientras se daba la vuelta para irse dijo muy orondo ¡lo que yo como, lo compro! Pero entonces ¡ay lengua mía! no pude resistir decirle ¡pues lo que queremos oír, lo hablamos!

Silencio. Y después risa. Todos nos reíamos, pero era pura risa nerviosa. No pude ver qué cara hizo, ni en qué momento desapareció de la escena, mi cara roja buscando el refugio del humus. No puedo dejar de pensar en la humillación que le causé sin querer y en mi mente varias preguntas me torturan mientras me muerdo la lengua (con el peligro de morir envenenada):

1. ¿Qué derecho tiene la gente a sentarse a comer un pic-nic en un país donde mucha gente no puede ni comer y la exposición a la intemperie no es una elección?
2. ¿Qué derecho tiene la gente de irrumpir en una reunión donde evidentemente no es bienvenida y exponer su resentimiento a unos desconocidos comiendo mandarinas en un parque?
3. ¿Lo que hice justificaría una cuchillada?
4. ¿Cómo se hace para vivir sin que cada acto y cada palabra sean un potencial vehículo para la humillación, por más involuntaria que sea?
5. ¿Cómo soportar vivir en un país donde la más mínina alegría es causal de envidia, culpabilidad y una provocación?


Seguramente estoy formulando mal las preguntas o quedé oscuramente impresionada por la película Satanás. Pero sólo espero que la respuesta no me aguarde agazapada detrás de un árbol, como quien responde y lo que quiero matar lo acuchillo.

Podría partir de la suposición de que todos, los menos afortunados y los menos desgraciados, tenemos derecho a vivir como podemos, donde queremos. Pero siento miedo y culpa, y no lo puedo evitar, así como no podía evitar sentir rabia ese señor, al vernos tan felices hablando de nada en el parque, en una tarde de domingo.

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