26.6.11

El infartado corazón de Bogotá

Esta tarde el sol dominical se derramaba con dulce insistencia sobre las ventanas y me hizo salir a dar una vuelta. ¡Cómo no aprovechar el impulso, si hace tanto tiempo que no tenía tiempo, y hace tantos soles que no hacía sol!

Mi instinto gregario me alejó de la silenciosa zona residencial y me llevó hacia donde se acumulaban los humanos. La excusa para salir, aparte del sol, tenía un objetivo: ir al supermercado. Ya bajando por la Plaza de Toros empecé a arrepentirme. La basura que estaba regada por el suelo era tanta y tan colorida que parecía plantada con esmero por algún eficaz escuadrón de ensuciamiento ciudadano. Al verla con atención recordé que hoy había una manifestación LGTB. Eso explicaba el color, más no la basura misma, pero ¿a quién le importa botar un papel en una calle que de todos modos está llena de huecos?

Vadeando los múltiples puestos de mazorca asada, salchichas color rosado soacha, arepas, ollas enormes con raros vapores, y la gente, dioses, toda esa gente, logré encaminarme por la carrera séptima hacia el centro. Pasé de largo por el mercado de las pulgas, atestado de personas arrastrando los pies alrededor de puestos llenos de cosas viejas que nadie quiere, y frente al tristemente mítico centro comercial Terraza Pasteur dos tipos performaban una aterrorizante danza con sendos, enormes cuchillos, mientras la gente miraba y alguien preguntaba: ¿dónde están los policías? Ahí, a menos de 50 metros estaban, pero todos miraban en dirección opuesta, por donde transcurría el desfile LGTB.

Logré llegar al supermercado Ley por entre la multitud, pisando sin querer los puestos de películas piratas, aparatos para masajes, raquetas eléctricas matamoscas y sombrillas, para descubrir, una vez adentro, una turba no menos inquietante: familias con numerosos niños que lloraban, viejos y viejas malgeniados y un par de grupos de adolescentes en actitudes sospechosas se agolpaban entre las góndolas del supermercado. Compré con velocidad algunas cosas que no necesitaba y me apresuré a salir.

Regresé a la silenciosa zona residencial no sé cómo, entre la basura y la mierda, humana y canina, con la agobiante certeza de que caminar por el centro de Bogotá es una experiencia desagradable porque está todo roto y sucio y es el resultado de largos años de descomposición política y social, con esas monumentales obras inacabadas que dejaron la corrupción de los poderosos como telón de fondo para la dura existencia de la gente humilde, que transitaba hoy trabajosamente, recibiendo agradecida ese escaso sol que no sale para todos, ni siempre.

1 comentario:

javierguillot dijo...

Qué maravilla el último párrafo. Qué precisión. Fantástica la entrada. Gracias.