7.5.12

El papel del canalla

No lo puedo soportar y lo tengo que decir: detesto los graffitis bogotanos con su absoluta carencia de calidad estética y ausencia de mensaje que, como un cáncer, se están devorando los pocos edificios que quedan en pié.

Escribo esto de mal genio, y posiblemente me arrepienta luego.

Últimamente salgo muy poco y cuando lo hago me sorprendo cada vez más con la proliferación de rayones, malos dibujos, tristes intentos de tags, imitaciones pobres de artistas urbanos consagrados en internet y arengas políticas mal redactadas en cuanta pared, fachada, vitrina, puerta, matera o murito se le aparece a este Ejército de Afeamiento Urbano. Parece que les regalaran la pintura y que les pagaran por metro cuadrado afectado. No logran convencerme de que esta sea una herramienta de la sociedad para manifestar su malestar, porque causan uno tan fuerte como lo que los impulsa a vejar la piel de la ciudad donde todos tenemos que vivir.

Incluso cuando son gráficamente buenos, que son muy escasos, tienen algo que me disgusta. Y es su carácter impositivo. Uno los ve, o los ve. Ya el artista y desencantado (con toda razón) docente Luis Camnitzer lo dijo en una conferencia: el mural es un tirano que nos obliga a verlo (como dato curioso, a los "buenos muralistas" la alcaldía sí les regala la pintura y les dá permiso para intervenir ciertas paredes).

Todavía recuerdo cuando el graffiti bogotano era ingenioso, como si poetas anónimos materializaran en pocas líneas un sentimiento colectivo. Pero ahora ¿quién nos defiende de los grafiteros malos? Esa postura rebelde de artista que se niega a entrar en el sistema burgués del arte está muy bien cuando se tiene la cabeza(s) de Banksy o la tenacidad de Blu, pero cuando no se sabe escribir y mucho menos dibujar, la solapada protesta termina volviéndose en contra de su propio patrimonio, y de los otros habitantes de la ciudad que, por más viejos que estemos, también tenemos derechos.

Quisiera que pararan, que esperaran a ver si aflora algún pensamiento antes de rayar. Que aprendieran primero a dibujar practicando en la casa y luego sí ofrecieran su creación a los ciudadanos. Pero no. Es más fuerte el placer de apretar la válvula, la adrenalina de estar haciendo algo ilegal, el deseo de parecer cool ante sus amigos, el impulso de hacer un algo que es en realidad la misma nada, que el sentimiento de pertenencia o la noción de convivencia. Y no los culpo. Pero pronto se les van a acabar las paredes y no va a quedar nada más para intervenir (maldita terminología del arte contemporáneo y sus prácticas derivativas y perezosas). Mejor dicho, no va a quedar nada para dañar. Y quizás eso sea bueno. Pero mientras tanto, los demás tenemos que soportar la fealdad. No hay derecho, carajo.

Termino de escribir cansada. Estar de mal genio es agotador.