30.8.11

Informe de mi visita a un CAMI

El Centro Médico de Atención Inmediata, CAMI, es como el primo doctor del Centro de Atención Inmediata, CAI, que es esa red de casetas con policías con una línea de teléfono y una moto para atender las urgencias de los ciudadanos. No se cómo funciona la jerarquía en la Policía, si trabajar en un CAI es una tarea de alto riesgo para los mejores miembros de la institución, o si constituye un castigo a modo de entrenamiento para los novatos. Pero lo que uno sí puede adivinar con facilidad es que en el mundo de los médicos trabajar en el CAMI debe ser como prestar el servicio militar.

Los pacientes que llegan a estos centros médicos no tienen seguro y en su gran mayoría son de bajos recursos y poca o ninguna escolaridad. En las salas de espera de las clínicas privadas el paisaje es similar, pero los pacientes parecen más contritos y abatidos. No es una cuestión de dignidad. Se diría que los pobres simplemente están más acostumbrados a pasarla mal, y lo llevan mejor, lo cual hace que los traten peor, ya que los doctores, al parecer, entre más elegantes y quejumbrosos los pacientes, más amables se ponen, y del mismo modo, un rictus de irritado cansancio endurece sus caras cuando atienden a los pacientes pobres.

En mi obligación de medirme la tensión arterial todos los días, he visto numerosos escenarios médicos. Normalmente medir la tensión toma máximo 1 minuto, mientras uno se sube la manga, la persona a cargo enrolla en el brazo la pieza que se infla, cuenta los latidos, arranca el velcro y da por terminada la medición anunciando la cifra que se le ocurra. En algunas farmacias cobran $1.000, en otras $3.000 y en otras es gratis, sobretodo si el que performa la medición es un aparato digital. Hoy ensayé en un CAMI, a falta de farmacias cercanas.

Para medirse la tensión uno debe esperar sentado mínimo 15 minutos. Yo esperé más de una hora, durante la cual pude observar bien a una suegra, una alta y elegante negra, con su nuera, una chica enclenque y pálida de nariz enorme y cabeza lenta, tratar de solucionar el problema de diarrea de Larry, un bebé de 1 año deshidratado y descalzo que lloraba ante la atónita mirada de la madre, porque no le recibía el pedazo de ponqué ramo que le ofrecía.
- Déle suero al niño, ¿no ve que tiene sed? ¡cualquiera en sus cinco sentidos le daría suero a un bebé con diarrea!, dijo una mujer rubia buscando la aprobación de los demás con su mirada. Se encontró con la mía y como yo cometiera el error de asentir con la cabeza, decidió sentarse a mi lado a averiguarme la vida y contarme un trozo de la suya.

Ante mi insistencia, cansada ya de mentirle a la rubia acerca de dónde vivo, en qué trabajo y de dónde es mi marido, los ocupados doctores me hicieron seguir de mala gana a un cubículo con una máquina automática y una silla rimax. ¡Lo único que tenían que hacer era apretar un botón! pero nadie lo hizo, así que yo misma operé el aparato varias veces, hasta que arrojó una cifra decente, aunque no se si veraz.

Cuando salí del CAMI ya era de noche y lloviznaba. Adentro quedaron la rubia, Larry y el resto de la multitud popular que se renovaba de manera constante. Los colectivos dejaban su fétida humareda negra flotando indecisa en medio de la calle y yo caminé lentamente hacia mi casa, pensando en que el verdadero privilegio en una sociedad como esta consiste en no enfermarse nunca, para no tener que ir a ningún hospital y mucho menos a un CAMI.

Los Hijos de la Roca

Una incapacidad médica me ha llevado a la forzosa dicha de estar en cama leyendo. Y hoy quisiera decir acá, en esta página que nadie visita (sí, nadie el candidato a la alcaldía de Bogotá, cómo no), que una de las lecturas que más he disfrutado no fue la novelita de Henry James, ni la relectura de los cuentos de Miranda July, ni el maravilloso Joaquim Maria Machado de Assis, sino las ocho crónicas del libro "Los Hijos de la Roca", de Luis González Sarmiento, premio nacional de crónica Ciudad de Bogotá, que editaron con tanto cuidado los amigos de Rey+Naranjo editores.

El autor ha sido guionista de cine, teatro y televisión, y tal vez por eso su escritura resulte tan agradable al oído. Todas las voces y todos los personajes (¿se podrá hablar de "personajes" en una crónica con seres humanos sacados de la realidad?) tienen su propio sonido, su color particular. Entre cuadro y cuadro hay un ritmo que impide cerrar el libro, y al final todos hacen parte de una sola gran escena. Uno aprende algo acerca de un tema del que no sabía gran cosa (el montañismo), que supongo es el objetivo del género de la crónica, pero además termina pensando en cosas como el sentido de la vida, que supongo es el objetivo de los libros (suena tierno, yo se).

En la solapa posterior los editores prometen que la colección latitud, que inaugura este libro, "acerca a los lectores de no ficción a los más inesperados contenidos, presentados con una alta calidad editorial y visual". Y así es.