5.1.12

1Q84


Leí "1Q84" en la traducción al español de España, joder, y cada vez que Aomame se pone el bolso bandolera me imagino a una vaquera del oeste norteamericano que asalta carruajes en medio del desierto, y no a una chica con cara de Faye Dunaway nipona con una maleta cruzada. Creo que me gusta leer más a Murakami en inglés, como que el ritmo es más parecid0 al japonés. ¿que por qué no lo leo en japonés? pues porque me demoraría 5 años en una sola novela, y no los 3 días en que lo despaché en español, por eso.

Ahora, si me lo preguntan, preferiría mil veces tener la versión gringa porque es muchísimo más bonita que la de Tusquets, con esas páginas todas diseñaditas por Chip Kidd, a pesar de que obviamente él no se leyó la novela o le importó muy poco poner cualquier cara de mujer y cualquier cara de hombre como si fueran Tengo y Aomame, quitándole la oportunidad al lector de imaginar sus propios Tengos y Aomames, más considerando que la mujer de la carátula no se parece a Faye Dunaway y está vestida con el tocado tradicional de matrimonio shintoísta. Puro photo-stock, si me lo preguntan. Pensándolo bien, prefiero la edición de Tusquets que tengo. Tengo.

Por otro lado, ¡nunca había visto el trailer de un libro! estos gringos...

30.8.11

Informe de mi visita a un CAMI

El Centro Médico de Atención Inmediata, CAMI, es como el primo doctor del Centro de Atención Inmediata, CAI, que es esa red de casetas con policías con una línea de teléfono y una moto para atender las urgencias de los ciudadanos. No se cómo funciona la jerarquía en la Policía, si trabajar en un CAI es una tarea de alto riesgo para los mejores miembros de la institución, o si constituye un castigo a modo de entrenamiento para los novatos. Pero lo que uno sí puede adivinar con facilidad es que en el mundo de los médicos trabajar en el CAMI debe ser como prestar el servicio militar.

Los pacientes que llegan a estos centros médicos no tienen seguro y en su gran mayoría son de bajos recursos y poca o ninguna escolaridad. En las salas de espera de las clínicas privadas el paisaje es similar, pero los pacientes parecen más contritos y abatidos. No es una cuestión de dignidad. Se diría que los pobres simplemente están más acostumbrados a pasarla mal, y lo llevan mejor, lo cual hace que los traten peor, ya que los doctores, al parecer, entre más elegantes y quejumbrosos los pacientes, más amables se ponen, y del mismo modo, un rictus de irritado cansancio endurece sus caras cuando atienden a los pacientes pobres.

En mi obligación de medirme la tensión arterial todos los días, he visto numerosos escenarios médicos. Normalmente medir la tensión toma máximo 1 minuto, mientras uno se sube la manga, la persona a cargo enrolla en el brazo la pieza que se infla, cuenta los latidos, arranca el velcro y da por terminada la medición anunciando la cifra que se le ocurra. En algunas farmacias cobran $1.000, en otras $3.000 y en otras es gratis, sobretodo si el que performa la medición es un aparato digital. Hoy ensayé en un CAMI, a falta de farmacias cercanas.

Para medirse la tensión uno debe esperar sentado mínimo 15 minutos. Yo esperé más de una hora, durante la cual pude observar bien a una suegra, una alta y elegante negra, con su nuera, una chica enclenque y pálida de nariz enorme y cabeza lenta, tratar de solucionar el problema de diarrea de Larry, un bebé de 1 año deshidratado y descalzo que lloraba ante la atónita mirada de la madre, porque no le recibía el pedazo de ponqué ramo que le ofrecía.
- Déle suero al niño, ¿no ve que tiene sed? ¡cualquiera en sus cinco sentidos le daría suero a un bebé con diarrea!, dijo una mujer rubia buscando la aprobación de los demás con su mirada. Se encontró con la mía y como yo cometiera el error de asentir con la cabeza, decidió sentarse a mi lado a averiguarme la vida y contarme un trozo de la suya.

Ante mi insistencia, cansada ya de mentirle a la rubia acerca de dónde vivo, en qué trabajo y de dónde es mi marido, los ocupados doctores me hicieron seguir de mala gana a un cubículo con una máquina automática y una silla rimax. ¡Lo único que tenían que hacer era apretar un botón! pero nadie lo hizo, así que yo misma operé el aparato varias veces, hasta que arrojó una cifra decente, aunque no se si veraz.

Cuando salí del CAMI ya era de noche y lloviznaba. Adentro quedaron la rubia, Larry y el resto de la multitud popular que se renovaba de manera constante. Los colectivos dejaban su fétida humareda negra flotando indecisa en medio de la calle y yo caminé lentamente hacia mi casa, pensando en que el verdadero privilegio en una sociedad como esta consiste en no enfermarse nunca, para no tener que ir a ningún hospital y mucho menos a un CAMI.

Los Hijos de la Roca

Una incapacidad médica me ha llevado a la forzosa dicha de estar en cama leyendo. Y hoy quisiera decir acá, en esta página que nadie visita (sí, nadie el candidato a la alcaldía de Bogotá, cómo no), que una de las lecturas que más he disfrutado no fue la novelita de Henry James, ni la relectura de los cuentos de Miranda July, ni el maravilloso Joaquim Maria Machado de Assis, sino las ocho crónicas del libro "Los Hijos de la Roca", de Luis González Sarmiento, premio nacional de crónica Ciudad de Bogotá, que editaron con tanto cuidado los amigos de Rey+Naranjo editores.

El autor ha sido guionista de cine, teatro y televisión, y tal vez por eso su escritura resulte tan agradable al oído. Todas las voces y todos los personajes (¿se podrá hablar de "personajes" en una crónica con seres humanos sacados de la realidad?) tienen su propio sonido, su color particular. Entre cuadro y cuadro hay un ritmo que impide cerrar el libro, y al final todos hacen parte de una sola gran escena. Uno aprende algo acerca de un tema del que no sabía gran cosa (el montañismo), que supongo es el objetivo del género de la crónica, pero además termina pensando en cosas como el sentido de la vida, que supongo es el objetivo de los libros (suena tierno, yo se).

En la solapa posterior los editores dicen que la colección latitud, que inaugura este libro, "acerca a los lectores de no ficción a los más inesperados contenidos, presentados con una alta calidad editorial y visual". Yo añadiría que, gracias a la alta calidad editorial y visual, una humilde lectora de ficción como yo, se ha acercado al género de la crónica para encontrarse con la grata sorpresa de un contenido inesperado. ¡Buen viento y buena mar a esta joven editorial!

20.7.11

Indulgencias pecaminosas


Con el precio de los libros en Colombia, comprar una obra desconocida se convierte en un acto de osadía. En uno de esos días en los que me picaba mi magro sueldo en el bolsillo, decidí darme una indulgencia, como quien compra un chocolate suizo y lleva almorzando lentejas dos semanas, y acudí a la estrategia carátula+reseñas: adquirí Little Bee de Chris Cleave. Es un paperback con una impresión muy agradable al tacto, y las tres primeras páginas están atiborradas de loas hacia la obra.

En la contraportada ponen:

We don't want to tell you what happens in this book.
It is a truly special story and we don't want to spoil it.
nevertheless, you need to know enough to buy it, so we will just say this:

This is the story of two women. Their lives collide one fateful day, and one of them has to make a terrible choice, the kind of choice we hope you never have to face. Two years later, they meet again - the story starts there ...

Once you have read it, you'll want to tell your friends about it. When you do, please don't tell them what happens. The magic is in how the story unfolds.


Bueno, amigos, pues ya lo leí y no quiero contarles de qué se trata, simplemente porque no vale la pena. La moraleja es que no se puede uno fiar de las carátulas, y mucho menos de las reseñas auto-promocionales. Y si el libro trae un texto como ese, donde promete que la magia está en cómo la historia se desenvuelve, hay que prestar mucha atención, porque nada bueno puede salir de esa frase. La voz del escritor no me gustó, los personajes son inverosímiles y carecen de profundidad, y como si fuera poco, la historia es tan decepcionante que hace que otros best-sellers como La elegancia del erizo de Muriel Barbery con sus tiernos clichés y esos personajes como de telenovela brillen en su humilde cometido de ser lecturas que, al menos, proporcionan placer, una que otra sonrisa, y las lágrimas que todo best-seller promete con su fama.

Yo me dejé llevar por la experiencia física del papel y perdí esa platica.

26.6.11

El infartado corazón de Bogotá

Esta tarde el sol dominical se derramaba con dulce insistencia sobre las ventanas y me hizo salir a dar una vuelta. ¡Cómo no aprovechar el impulso, si hace tanto tiempo que no tenía tiempo, y hace tantos soles que no hacía sol!

Mi instinto gregario me alejó de la silenciosa zona residencial y me llevó hacia donde se acumulaban los humanos. La excusa para salir, aparte del sol, tenía un objetivo: ir al supermercado. Ya bajando por la Plaza de Toros empecé a arrepentirme. La basura que estaba regada por el suelo era tanta y tan colorida que parecía plantada con esmero por algún eficaz escuadrón de ensuciamiento ciudadano. Al verla con atención recordé que hoy había una manifestación LGTB. Eso explicaba el color, más no la basura misma, pero ¿a quién le importa botar un papel en una calle que de todos modos está llena de huecos?

Vadeando los múltiples puestos de mazorca asada, salchichas color rosado soacha, arepas, ollas enormes con raros vapores, y la gente, dioses, toda esa gente, logré encaminarme por la carrera séptima hacia el centro. Pasé de largo por el mercado de las pulgas, atestado de personas arrastrando los pies alrededor de puestos llenos de cosas viejas que nadie quiere, y frente al tristemente mítico centro comercial Terraza Pasteur dos tipos performaban una aterrorizante danza con sendos, enormes cuchillos, mientras la gente miraba y alguien preguntaba: ¿dónde están los policías? Ahí, a menos de 50 metros estaban, pero todos miraban en dirección opuesta, por donde transcurría el desfile LGTB.

Logré llegar al supermercado Ley por entre la multitud, pisando sin querer los puestos de películas piratas, aparatos para masajes, raquetas eléctricas matamoscas y sombrillas, para descubrir, una vez adentro, una turba no menos inquietante: familias con numerosos niños que lloraban, viejos y viejas malgeniados y un par de grupos de adolescentes en actitudes sospechosas se agolpaban entre las góndolas del supermercado. Compré con velocidad algunas cosas que no necesitaba y me apresuré a salir.

Regresé a la silenciosa zona residencial no sé cómo, entre la basura y la mierda, humana y canina, con la agobiante certeza de que caminar por el centro de Bogotá es una experiencia desagradable porque está todo roto y sucio y es el resultado de largos años de descomposición política y social, con esas monumentales obras inacabadas que dejaron la corrupción de los poderosos como telón de fondo para la dura existencia de la gente humilde, que transitaba hoy trabajosamente, recibiendo agradecida ese escaso sol que no sale para todos, ni siempre.

8.9.10

el siglo del miedo


"El siglo diecisiete fue el siglo de las matemáticas, el dieciocho de las ciencias físicas, el diecinueve de la biología. El siglo veinte es el siglo del miedo. Usted puede decirme que el miedo no es una ciencia. (...) si acaso el miedo no pueda considerarse una ciencia, es indudable que se trata de una técnica".

Lo dijo Albert Camus en 1948, y en la primera década del siglo XXI podemos constatar el efecto que tiene sobre nuestras vidas esta dominante técnica o arte (como lo añade Virilio en su libro Art As Far As The Eye Can See).

En un lugar como este, el miedo está instalado como en su casa. Lo invocamos en cada acto cotidiano, cuando tememos bajar por el parque después de las 5:00p.m., nos incomoda que nos hable la gente en una fila, preferimos llamar al radio taxi así se demore horas, salimos cada vez menos de fiesta, odiamos la idea de dejar la casa, nos aterra andar en bus, y lo pensamos varias veces antes de irnos caminando por la calle.

El miedo más popular en este lugar es el miedo al robo. A mí ya me han robado lo suficiente como para saber que no es infundado, que la posibilidad de perder las posesiones valiosas a manos de otros es muy alta. He oído también numerosas experiencias ajenas que corroboran la probabilidad de que sea más terrible el suceso que la pérdida en sí de las posesiones. Y aún así, hoy me sorprendí mucho al tener que enfrentar dos situaciones seguidas donde el miedo era el gerente, rey, verdugo y veedor de todo lo que sucedía.

La primera situación tiene que ver con unos aparatos muy caros. La institución donde trabajo compró unos equipos muy finos para dictar unas clases. Yo dicto una de esas clases. Para cumplir con los objetivos del curso, necesitamos utilizar los finos equipos. Pedirlos prestados ya fue difícil, obtener los permisos y las llaves fué problemático, pero al final logramos hacer la clase con los dichosos equipos. Sin embargo, hacia el final de la sesión las autoridades nos pidieron revisar las maletas de los estudiantes porque no se había hecho inventario y quién sabe qué se podrían haber robado. Me sentí muy triste al ver la sorpresa de los estudiantes, que en su estupor no podían ni sentirse ofendidos. Luego me sentí triste porque la institución educativa al imponer esta vigilancia está dándole un valor exagerado a los finos equipos, por encima del valor de las estrategias pedagógicas y de la experiencia de aprendizaje de los estudiantes. Porque al darle esta importancia a las posesiones caras lo único que hacen es alimentar por un lado, el deseo de posesión que impulsa al robo, y por el otro, aumentar el miedo y la desconfianza como bases de una sociedad punitiva e infeliz, que se deja gobernar por los más ladrones de todos y se trata mal a sí misma, como si hiciera falta.

El segundo suceso tiene que ver con una sombrilla rota que dejé secando en una esquina, afuera del salón para evitar que alguna gota tocase los finos equipos. Desapareció. Vino corriendo un vigilante a decirme que se la había llevado a la oficina de objetos perdidos, porque si se la llegaran a robar y yo me quejara, él perdería su puesto, y esto, claro, le da miedo.

Qué mierda.

26.8.10

Vaya uno a saber

¿Pero por qué hago este blog? tengo la certeza de que nadie lo lee, y aún así existe. Hasta le renuevo la plantilla de diseño y me tomo el trabajo de añadir unos enlaces que sólo a mi me interesan! Luego, está la esquizofrenia bloggística, escribiendo cosas alrededor de los asuntos de la música y el sonido en un lado, y quejándome de todo en este. Publicando las fotos en flickr, dándole respiración artificial a tumblr, alimentando de manera escueta el twitter, tratando de mantener vivos los perfiles de myspace, bandcamp y facebook. No es que me esté tomando internet. Es claro que es internet el que se tomó mi vida. Pero me gusta creer que en internet solo aparece lo que hago. Quién soy sigue siendo un misterio, sobretodo para mí misma, y quizás por eso es que hago este blog. Y todos los demás. Qué pena con la gente tanta bobada, ola, como si no hubiera suficiente ya en el mundo. Pero a mí no me molesta la bobada de la otra gente, simplemente la ignoro, como es ignorado este blog. Y nada es tan grave, ni tan importante. Eso es chévere. Luego, cuando me muera, toda esa información quedará por ahí flotando. Es muy raro esto del internet. Raro como es raro el teléfono, eso de escuchar pegada a la oreja la voz de alguien que no solo está lejos, sino que muy probablemente no nos hable al oído estando cerca. Así como yo no le cuento a nadie de viva voz estas bobadas que aparecen en internet. Es bueno tener un lugar donde decirle nada a alguien, así sea imaginario, o suceda mucho tiempo después.