21.10.16

Robo

Viviendo en Colombia lo roban a uno periódicamente. Es lo que mi madre extranjera llama el impuesto social que tenemos que pagar por vivir acá. Esta consistencia asegura, a lo largo de la vida, un despertar súbito del adormecimiento cotidiano, en particular con respecto a las posesiones. El acto del robo, ya sea silencioso o escandaloso, sacude con brusquedad al robado y le recuerda el orden de las cosas. La primera reafirmación que surge es la de la vida: al menos estoy vivo, suspira el despojado con alivio y gratitud, pensando en todos los que han perdido su vida por un teléfono. Luego está la sucesión de pensamientos de rabia, miedo, fantasías de venganza, resignación y tristeza, para regresar finalmente al mismo estado de inatención a las cosas que requiere el poder seguir viviendo, ocupando la mente en asuntos más sustanciales, o al menos más urgentes.

La distancia entre los robos parece fríamente calculada por un cruel administrador del miedo. Están lo suficientemente espaciados para que uno pueda completar el ciclo de pensamientos de la rabia al olvido y se vuelva a posar el descuido en nuestros hábitos, lo suficientemente distantes para que, en la recurrencia, no termine uno tomando una decisión drástica, como irse de este valle de lágrimas de cocodrilo. Pero los robos están lo suficientemente cerca entre ellos para que la rabia se renueve con vigor en un instante y para instaurar un permanente, si bien sordo, ruido mental en los ciudadanos que aprietan el paso en una calle con presencias amenazantes o hacen que las señoras se aferren a sus carteras en el bus como si pudieran sostenerse de ellas con cada sacudón que las acerca demasiado a las personas que viajan a su lado.

Esa pulsión vital entre el miedo y el olvido, la rabia y la confianza, es como un latido que huye del pecho con violencia y luego se aquieta, abatido en la quietud que tanta falta nos hace para poder seguir caminando. Cansa mucho vivir así.

9.2.13

El malo conocido

De pronto la noción de amistad está sobrevalorada. Hay muchas tarjetas, mugs y presentaciones de power point que señalan su importancia con frases irrebatibles e imágenes de tiernos gatitos arrunchados o, aún más, de un tierno gatito abrazando un tierno perrito, superando por medio de la amistad su antagnonismo ancestral, todo enmarcado en un atardecer de cálidos colores.

Fue necesario atravesar la adolescencia para aceptar que estaba bien no tener una mejor amiga, que podía ser amiga de muchas personas sin darle exclusividad ni preferencia a una sola. Ahora en la edad adulta tengo unos seres que son indispensables para mi existencia, cada cual a su manera. Y también paso mucho más tiempo del que me gusta reconocer mirando las redes sociales.

He escuchado a varias personas lamentarse por la sensación de vacío que experimentan tras escudriñar por horas las vidas de los otros, sus fiestas, paseos y reuniones donde no están. Pueden mirar pero no participar. Pueden reconocer a varios de los asistentes y creen que podrían haber sido invitados pero no succedió. Son, después de todo, solo conocidos. No son amigos. Entonces luego suelen preguntarse qué es la amistad y cómo es que estas redes sociales nos alejan de las personas en lugar de acercarnos. Y en súbitos impulsos se lanzan en heróicas campañas por salvar la verdadera amistad y se retiran de las redes, no sin antes dejar clara su postura, o anuncian que van a borrar de sus contactos a quienes no son sus amigos verdaderos.

Pues yo no me quejo. Rarísmo pero no. Quizás el cinismo se exacerba con la distancia de la virtualidad. De cualquier modo, por mí está regio tener tantos conocidos y tan pocos amigos. Varias de mis personas favoritas apenas tienen correo electrónico, y a casi todos mis conocidos me encanta verlos solo de vez en cuando. No quiero que me inviten y tampoco invito. Una sola coordenada basta para saber quién es la persona y por qué nos conocemos. O sabemos quiénes somos. Porque conocerse, ni uno consigo mismo, pues.

El malestar de pronto aparece cuando un conocido exhibe en las redes sociales su amistad verdadera con otros. Y pone esas imágenes aleccionadoras con sabios mensajes, etiquetando a los que considera sus verdaderos amigos, como si hiciera falta.

Entonces debería haber camisetas y mensajes en cadena acerca de lo bonito que es conocer a tanta gente sin tener que intimar con todos. Una reivindicación de la relación amistosa casual, que nos hace tanto bien y nos ahorra tantas penas. En la superficie todos somos queridos. Creo que ese nivel de relación intrapersonal es vital para que el mundo funcione. Y luego, cuando me siento miserable o me duele todo, tengo con quien arruncharme y llorar. Pero eso de pronto ya es amor. Quizá la amistad como está concebida no existe. Al menos no en las redes sociales.

8.6.12

Arresto domiciliario

No he sido acusada ni juzgada, no he cometido ningún crimen, no soy culpable de nada, no he cometido ningún delito, y sin embargo, vivo encerrada en la casa. Mi casa queda en el centro de la ciudad. Estoy confinada a voluntad: no quiero salir.

¿El Parque Nacional? Sí, está cerca, pero ahí violan y matan. ¿La carrera 5a o la 4a? Mire el trancón vehicular y saque conclusiones acerca de cómo éste afecta al peatón: la polución dificulta la respiración, el ruido de motores y pitos afecta los nervios, y los neuróticos conductores atascados arrancan con violencia cada vez que pueden, para ganarse un centímetro más, sin importar si el semáforo ya cambió o quedó encima de la cebra. Luego está el barrio La Perseverancia, célebre cuna de atracadores. ¿El Parque de la Independencia? ¿Cuál? ¿La séptima? ¿En serio? Las eternas obras hacen que con la mínima brisa se levante una polvareda al mejor estilo sahariano, los laberintos de plástico verde que delimitan los corredores peatonales son estrechos, no tienen iluminación cuando oscurece y se han convertido en un atracadero ideal. Esto, sumado a las características descritas en el trancón de la carrera 5a. Y eso de que esté peatonal no le quita lo fea, sucia y peligrosa. ¿Apostamos? ¿Coger taxi para ir a otra zona de la ciudad? ¿Coger taxi, dijo? ¿Buseta?...

Y así. Podría hacer una lista aún más larga de razones para no salir. Seguramente las personas que viven en zonas más residenciales sufren menos, o padecen otras dolencias urbanas. Supongo que terminaré mudándome, porque esto de la casa por cárcel me está empezando a cansar. Luego entiende uno cómo es que las ciudades se van despoblando en sus centros para volverse un conjunto de edificios funcionales de día y fantasmales de noche, rodeadas por otras ciudades donde la gente vive, y a las que tiene que desplazarse cada día atravesando trancones que le roban el tiempo vital. Entonces el arresto lo viviré dentro de un carro o en los buses.

Si no fuera por la polución, pensaría en la casa rodante como una opción.

7.5.12

El papel del canalla

No lo puedo soportar y lo tengo que decir: detesto los graffitis bogotanos con su absoluta carencia de calidad estética y ausencia de mensaje que, como un cáncer, se están devorando los pocos edificios que quedan en pié.

Escribo esto de mal genio, y posiblemente me arrepienta luego.

Últimamente salgo muy poco y cuando lo hago me sorprendo cada vez más con la proliferación de rayones, malos dibujos, tristes intentos de tags, imitaciones pobres de artistas urbanos consagrados en internet y arengas políticas mal redactadas en cuanta pared, fachada, vitrina, puerta, matera o murito se le aparece a este Ejército de Afeamiento Urbano. Parece que les regalaran la pintura y que les pagaran por metro cuadrado afectado. No logran convencerme de que esta sea una herramienta de la sociedad para manifestar su malestar, porque causan uno tan fuerte como lo que los impulsa a vejar la piel de la ciudad donde todos tenemos que vivir.

Incluso cuando son gráficamente buenos, que son muy escasos, tienen algo que me disgusta. Y es su carácter impositivo. Uno los ve, o los ve. Ya el artista y desencantado (con toda razón) docente Luis Camnitzer lo dijo en una conferencia: el mural es un tirano que nos obliga a verlo (como dato curioso, a los "buenos muralistas" la alcaldía sí les regala la pintura y les dá permiso para intervenir ciertas paredes).

Todavía recuerdo cuando el graffiti bogotano era ingenioso, como si poetas anónimos materializaran en pocas líneas un sentimiento colectivo. Pero ahora ¿quién nos defiende de los grafiteros malos? Esa postura rebelde de artista que se niega a entrar en el sistema burgués del arte está muy bien cuando se tiene la cabeza(s) de Banksy o la tenacidad de Blu, pero cuando no se sabe escribir y mucho menos dibujar, la solapada protesta termina volviéndose en contra de su propio patrimonio, y de los otros habitantes de la ciudad que, por más viejos que estemos, también tenemos derechos.

Quisiera que pararan, que esperaran a ver si aflora algún pensamiento antes de rayar. Que aprendieran primero a dibujar practicando en la casa y luego sí ofrecieran su creación a los ciudadanos. Pero no. Es más fuerte el placer de apretar la válvula, la adrenalina de estar haciendo algo ilegal, el deseo de parecer cool ante sus amigos, el impulso de hacer un algo que es en realidad la misma nada, que el sentimiento de pertenencia o la noción de convivencia. Y no los culpo. Pero pronto se les van a acabar las paredes y no va a quedar nada más para intervenir (maldita terminología del arte contemporáneo y sus prácticas derivativas y perezosas). Mejor dicho, no va a quedar nada para dañar. Y quizás eso sea bueno. Pero mientras tanto, los demás tenemos que soportar la fealdad. No hay derecho, carajo.

Termino de escribir cansada. Estar de mal genio es agotador.


5.1.12

1Q84


Leí "1Q84" en la traducción al español de España, joder, y cada vez que Aomame se pone el bolso bandolera me imagino a una vaquera del oeste norteamericano que asalta carruajes en medio del desierto, y no a una chica con cara de Faye Dunaway nipona con una maleta cruzada. Creo que me gusta leer más a Murakami en inglés, como que el ritmo es más parecid0 al japonés. ¿que por qué no lo leo en japonés? pues porque me demoraría 5 años en una sola novela, y no los 3 días en que lo despaché en español, por eso.

Ahora, si me lo preguntan, preferiría mil veces tener la versión gringa porque es muchísimo más bonita que la de Tusquets, con esas páginas todas diseñaditas por Chip Kidd, a pesar de que obviamente él no se leyó la novela o le importó muy poco poner cualquier cara de mujer y cualquier cara de hombre como si fueran Tengo y Aomame, quitándole la oportunidad al lector de imaginar sus propios Tengos y Aomames, más considerando que la mujer de la carátula no se parece a Faye Dunaway y está vestida con el tocado tradicional de matrimonio shintoísta. Puro photo-stock, si me lo preguntan. Pensándolo bien, prefiero la edición de Tusquets que tengo. Tengo.

Por otro lado, ¡nunca había visto el trailer de un libro! estos gringos...

30.8.11

Informe de mi visita a un CAMI

El Centro Médico de Atención Inmediata, CAMI, es como el primo doctor del Centro de Atención Inmediata, CAI, que es esa red de casetas con policías con una línea de teléfono y una moto para atender las urgencias de los ciudadanos. No se cómo funciona la jerarquía en la Policía, si trabajar en un CAI es una tarea de alto riesgo para los mejores miembros de la institución, o si constituye un castigo a modo de entrenamiento para los novatos. Pero lo que uno sí puede adivinar con facilidad es que en el mundo de los médicos trabajar en el CAMI debe ser como prestar el servicio militar.

Los pacientes que llegan a estos centros médicos no tienen seguro y en su gran mayoría son de bajos recursos y poca o ninguna escolaridad. En las salas de espera de las clínicas privadas el paisaje es similar, pero los pacientes parecen más contritos y abatidos. No es una cuestión de dignidad. Se diría que los pobres simplemente están más acostumbrados a pasarla mal, y lo llevan mejor, lo cual hace que los traten peor, ya que los doctores, al parecer, entre más elegantes y quejumbrosos los pacientes, más amables se ponen, y del mismo modo, un rictus de irritado cansancio endurece sus caras cuando atienden a los pacientes pobres.

En mi obligación de medirme la tensión arterial todos los días, he visto numerosos escenarios médicos. Normalmente medir la tensión toma máximo 1 minuto, mientras uno se sube la manga, la persona a cargo enrolla en el brazo la pieza que se infla, cuenta los latidos, arranca el velcro y da por terminada la medición anunciando la cifra que se le ocurra. En algunas farmacias cobran $1.000, en otras $3.000 y en otras es gratis, sobretodo si el que performa la medición es un aparato digital. Hoy ensayé en un CAMI, a falta de farmacias cercanas.

Para medirse la tensión uno debe esperar sentado mínimo 15 minutos. Yo esperé más de una hora, durante la cual pude observar bien a una suegra, una alta y elegante negra, con su nuera, una chica enclenque y pálida de nariz enorme y cabeza lenta, tratar de solucionar el problema de diarrea de Larry, un bebé de 1 año deshidratado y descalzo que lloraba ante la atónita mirada de la madre, porque no le recibía el pedazo de ponqué ramo que le ofrecía.
- Déle suero al niño, ¿no ve que tiene sed? ¡cualquiera en sus cinco sentidos le daría suero a un bebé con diarrea!, dijo una mujer rubia buscando la aprobación de los demás con su mirada. Se encontró con la mía y como yo cometiera el error de asentir con la cabeza, decidió sentarse a mi lado a averiguarme la vida y contarme un trozo de la suya.

Ante mi insistencia, cansada ya de mentirle a la rubia acerca de dónde vivo, en qué trabajo y de dónde es mi marido, los ocupados doctores me hicieron seguir de mala gana a un cubículo con una máquina automática y una silla rimax. ¡Lo único que tenían que hacer era apretar un botón! pero nadie lo hizo, así que yo misma operé el aparato varias veces, hasta que arrojó una cifra decente, aunque no se si veraz.

Cuando salí del CAMI ya era de noche y lloviznaba. Adentro quedaron la rubia, Larry y el resto de la multitud popular que se renovaba de manera constante. Los colectivos dejaban su fétida humareda negra flotando indecisa en medio de la calle y yo caminé lentamente hacia mi casa, pensando en que el verdadero privilegio en una sociedad como esta consiste en no enfermarse nunca, para no tener que ir a ningún hospital y mucho menos a un CAMI.

Los Hijos de la Roca

Una incapacidad médica me ha llevado a la forzosa dicha de estar en cama leyendo. Y hoy quisiera decir acá, en esta página que nadie visita (sí, nadie el candidato a la alcaldía de Bogotá, cómo no), que una de las lecturas que más he disfrutado no fue la novelita de Henry James, ni la relectura de los cuentos de Miranda July, ni el maravilloso Joaquim Maria Machado de Assis, sino las ocho crónicas del libro "Los Hijos de la Roca", de Luis González Sarmiento, premio nacional de crónica Ciudad de Bogotá, que editaron con tanto cuidado los amigos de Rey+Naranjo editores.

El autor ha sido guionista de cine, teatro y televisión, y tal vez por eso su escritura resulte tan agradable al oído. Todas las voces y todos los personajes (¿se podrá hablar de "personajes" en una crónica con seres humanos sacados de la realidad?) tienen su propio sonido, su color particular. Entre cuadro y cuadro hay un ritmo que impide cerrar el libro, y al final todos hacen parte de una sola gran escena. Uno aprende algo acerca de un tema del que no sabía gran cosa (el montañismo), que supongo es el objetivo del género de la crónica, pero además termina pensando en cosas como el sentido de la vida, que supongo es el objetivo de los libros (suena tierno, yo se).

En la solapa posterior los editores prometen que la colección latitud, que inaugura este libro, "acerca a los lectores de no ficción a los más inesperados contenidos, presentados con una alta calidad editorial y visual". Y así es.