22.10.09

時間、時間、時間

hace 4 años vivo en Bogotá. hace 9 hablé por primera vez en japonés. hace 13 me fui de mi casa. hace 16 aprendí a montar en bicicleta. hace 2 no como carne roja. hace 4 dí clase por primera vez. hace 9 soy tía. hace 1 uso gafas. hace 8 me separé.

(fuente)

18.9.09

el septimazo















Es viernes, y uno sale de trabajar más bien cansado, aunque portando la tibia satisfacción de haber atravesado la semana. Pero no bien empieza uno a saborear las promesas de un fin de semana sin trabajar en las cosas por las que a uno le pagan, descubre uno que está en la carrera séptima, que está cerrada para el disfute de los peatones, y que también hay que atravesarla si uno quiere regresar a la casa.

Yo no se qué pensarán los demás, pero a mí me parece horrible eso del septimazo. Es como el carnaval del rebusque y como además la calle está pobremente iluminada, uno no sabe si lo que acaba de pisar era el último invento chino de juguete coloidal, los restos de una empanada o de una paloma, o las manos de una mujer indígena que organiza en el piso los sacos de idéntico diseño y variados colores. No se detiene uno a mirar porque de todos modos no se puede, con tanta gente avanzando de manera torpe pero apresurada, como un ciego sin bastón que cree reconocer el lugar donde está. Pero resulta que nadie puede ver dónde está, ni reconocer a la séptima.

Por todas partes hay unas personas con chaquetas como de rescatistas de catástrofes de colores fosforescentes que trabajan para la alcaldía, y su labor consiste en instar a la gente a que se divierta. Un par de estos rescatistas mueven un lazo muy largo y algunos transeúntes saltan, y otros juegan parqués humano, siempre guiados por los rescatistas oficiales. Hay muchos curiosos mirando a los que saltan y la escena es un poco extraña, con todos esos adultos con ropa de oficina color café y gris saltando lazo, mientras los animan los rescatistas uniformados.

¡Pero lo peor es el ruido! Además de las tarimas oficiales donde un grupo de danza folklórica suda frente a un público entre desconcertado e indiferente, alrededor pululan los músicos o aficionados a la música. Al lado de los raperos que con bajos pegajosos recitan las injusticias de la sociedad, un viejo le sube el volúmen a su sistema de karaoke de rancheras hasta que se hace irreconocible lo que grita desde su precario pero potente parlante. Los vendedores de minutos gritan, los vendedores de películas pirata gritan, la gente se habla a los gritos porque no se oye nada.

Hay algo de intranquila ansiedad en esa algarabía nocturna. Todo está sucio, y todos quieren una moneda, algo para sobrevivir. Entre la gente que vende cosas circulan también los mendigos, los ladrones en busca de una oportunidad, y los que están allí por accidente deambulan confusos por el ruido y el desorden. Como su nombre bien lo indica, parece como si le dieran a uno una bofetada: ¡tome su septimazo! y el golpe no es cualquier cosa.

12.2.09

Los diseñadores gráficos y los libros

En una antigua entrada mencioné la noción generalizada de que los diseñadores no leen. Tres años después, mientras este blog sigue existiendo de manera humilde y silenciosa, proliferan evidencias de que la relación entre los diseñadores y los libros ha cambiado, como un romance tímido que en el tiempo se ha consolidado en una sólida relación, o al menos en una más visible.

Hablando de romance, en días pasados leí Oracle Night de Paul Auster donde el protagonista escritor tiene una novia diseñadora gráfica que ama el arte y trabaja en una gran editorial haciendo las carátulas para los libros que él escribe.

No sé si los diseñadores lean, pero lo que se ha visto es que algunos de ellos escriben. Mi querido amigo diseñador de apellido frutal me regaló The Learners, de Chip Kidd, quien además de diseñar las carátulas de libros ajenos y propios, los escribe, y como si fuera poco, los hace acerca de los diseñadores gráficos. No sé qué tan buen escritor sea el señor Kidd, pero por ahora leo la novela con creciente interés, descubriendo que las vidas de quienes ordenan elementos visuales en un formato para comunicar un mensaje de manera equilibrada, pueden llegar a protagonizar los libros que no leen.

27.2.08

I'm Not Ugly (mantra)



Obra del artista canadiense de origen chino Ken Lum

Hoy un señor me susurró en la calle. Yo iba caminando medio distraída, con los audífonos puestos pero capaz de oír todo lo que pasaba a mi alrededor. Hizo el inconfundible gesto de impuesta intimidad de quien dirige unas palabras exclusivas a otro transeúnte. Ya se sabe, el típico -"Adiós, chinita", -"chin-chan-chun", etc.

Pero este señor me dijo: -"China fea". Yo camino rápido, y no tuve tiempo de reaccionar, como para escupir una réplica tipo: -"Fea la puta que no tuvo la plata para evitar mal-parirlo". En cambio, seguí caminando, mientras luchaba por olvidar lo que me había sido dicho con tanta exclusividad. Evidentemente no se me olvidó y por eso escribo esta entrada. Yo sé muy bien cómo me veo, y sin considerarme un absoluto adefesio, tampoco creo merecer que me sea recordada mi raza, fisionomía o aparente nacionalidad por un señor pendejo en plena calle. En días así extraño mucho mi vida en Tokio.

5.11.07

Hail to the thief

Vámonos! Ya tengo lista la maleta y sé exactamente lo que necesito conmigo! el pasaporte está vigente y si no alcanza la plata echamos dedo! y pedimos posada en las casas de los campesinos y llevamos cuadernos para escribir y dibujar! huyamos del frio, del trabajo, de la rutina, de la tristeza cotidiana y las malas noticias! escapemos de esta ciudad contaminada, violenta e inundada! de este país extraño! de esta vida que no parece propia ni mucho menos apropiada! renunciemos a todo! larguémonos de una vez!

Sólo dígame a dónde. Ya tengo lista la maleta y sé exactamente lo que necesito conmigo! el pasaporte está vigente y si no alcanza la plata...

16.7.07

Por la boca muere el pez

Era domingo y estábamos de pic-nic en el Parque Nacional. Era un paseo de olla sin olla, y cada cual había preparado algo de comer. Estábamos felices sentados hablando de nada. Y de pronto surgió un visitante. Era un señor de unos 40 años, flaco, de piel morena y ojos grises o azules como su traje gastado. No quiero olvidar su cara, por si me lo vuelvo a encontrar.

Inició su discurso advirtiendo que no quería plata, pero habríamos preferido que la hubiera pedido directamente, porque no paraba de hablar y era pésimo orador. Ofrecía contarnos un cuento de esos de antaño que se están perdiendo, y mientras en nuestras caras se desdibujaba el entusiasmo por estar a la intemperie y se hacía cada vez más espeso el silencio, más hablaba él, hasta que alguien dijo mire señor, no estamos interesados, gracias, materializando en palabras el rechazo que fabricaban nuestras caras que se negaban a mirarlo. Su reacción, como era de temerse, no fue buena. Altivamente, insistió que no quería plata. Sin pensarlo, le ofrecí una mandarina. Y al parecer la ofensa fué mayor, porque mientras se daba la vuelta para irse dijo muy orondo ¡lo que yo como, lo compro! Pero entonces ¡ay lengua mía! no pude resistir decirle ¡pues lo que queremos oír, lo hablamos!

Silencio. Y después risa. Todos nos reíamos, pero era pura risa nerviosa. No pude ver qué cara hizo, ni en qué momento desapareció de la escena, mi cara roja buscando el refugio del humus. No puedo dejar de pensar en la humillación que le causé sin querer y en mi mente varias preguntas me torturan mientras me muerdo la lengua (con el peligro de morir envenenada):

1. ¿Qué derecho tiene la gente a sentarse a comer un pic-nic en un país donde mucha gente no puede ni comer y la exposición a la intemperie no es una elección?
2. ¿Qué derecho tiene la gente de irrumpir en una reunión donde evidentemente no es bienvenida y exponer su resentimiento a unos desconocidos comiendo mandarinas en un parque?
3. ¿Lo que hice justificaría una cuchillada?
4. ¿Cómo se hace para vivir sin que cada acto y cada palabra sean un potencial vehículo para la humillación, por más involuntaria que sea?
5. ¿Cómo soportar vivir en un país donde la más mínina alegría es causal de envidia, culpabilidad y una provocación?


Seguramente estoy formulando mal las preguntas o quedé oscuramente impresionada por la película Satanás. Pero sólo espero que la respuesta no me aguarde agazapada detrás de un árbol, como quien responde y lo que quiero matar lo acuchillo.

Podría partir de la suposición de que todos, los menos afortunados y los menos desgraciados, tenemos derecho a vivir como podemos, donde queremos. Pero siento miedo y culpa, y no lo puedo evitar, así como no podía evitar sentir rabia ese señor, al vernos tan felices hablando de nada en el parque, en una tarde de domingo.

24.5.07

Demasiado breve para un buen cuento

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí", cuento cortísimo de Augusto Monterroso, es una joya de 7 palabras, y no necesita más.

"For sale: baby shoes, never worn" de Hemingway, es su cuento más corto y celebrado. Como si fuera una fórmula infalible, los de la revista Wired convocaron a varios escritores -y hasta diseñadores gráficos- a que crearan cuentos de 6 palabras, y los decepcionantes resultados van desde titulares de noticias: "Three to Iraq. One came back." - Graeme Gibson, pasando por slogans publicitarios: "Don’t marry her. Buy a house" - Stephen R. Donaldson, hasta confesiones abiertas: "Please, this is everything, I swear" - Orson Scott Card.

Bien dijo Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, (6 propuestas, no 6 palabras) que "todo lo que elegimos y apreciamos por ser leve no tarda en revelar su propio peso insostenible".
En esta vida donde lo bueno es demasiado corto para ser bueno, yo prefiero los cuentos generosos en palabras.