21.10.16

Robo

Viviendo en Colombia lo roban a uno periódicamente. Es lo que mi madre extranjera llama el impuesto social que tenemos que pagar por vivir acá. Esta consistencia asegura, a lo largo de la vida, un despertar súbito del adormecimiento cotidiano, en particular con respecto a las posesiones. El acto del robo, ya sea silencioso o escandaloso, sacude con brusquedad al robado y le recuerda el orden de las cosas. La primera reafirmación que surge es la de la vida: al menos estoy vivo, suspira el despojado con alivio y gratitud, pensando en todos los que han perdido su vida por un teléfono. Luego está la sucesión de pensamientos de rabia, miedo, fantasías de venganza, resignación y tristeza, para regresar finalmente al mismo estado de inatención a las cosas que requiere el poder seguir viviendo, ocupando la mente en asuntos más sustanciales, o al menos más urgentes.

La distancia entre los robos parece fríamente calculada por un cruel administrador del miedo. Están lo suficientemente espaciados para que uno pueda completar el ciclo de pensamientos de la rabia al olvido y se vuelva a posar el descuido en nuestros hábitos, lo suficientemente distantes para que, en la recurrencia, no termine uno tomando una decisión drástica, como irse de este valle de lágrimas de cocodrilo. Pero los robos están lo suficientemente cerca entre ellos para que la rabia se renueve con vigor en un instante y para instaurar un permanente, si bien sordo, ruido mental en los ciudadanos que aprietan el paso en una calle con presencias amenazantes o hacen que las señoras se aferren a sus carteras en el bus como si pudieran sostenerse de ellas con cada sacudón que las acerca demasiado a las personas que viajan a su lado.

Esa pulsión vital entre el miedo y el olvido, la rabia y la confianza, es como un latido que huye del pecho con violencia y luego se aquieta, abatido en la quietud que tanta falta nos hace para poder seguir caminando. Cansa mucho vivir así.

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